Cultura y noticias hispanas del Valle del Hudson
Me levanto en el alba, pero está oscuro.
Me asusto, y entonces mis ramas abren
las dos cortinas de mi corazón.
Las sábanas blancas con la humedad de mi jardín
también están oscuras, negras como el ollín.
Ya no aguantan más el peso del agua de mi tristeza,
y comienza a caer una lluvia de dolor sin final
que inunda las dos ventanas de mi alma,
ahogándome lentamente en esta melancolía.
Mi mente queda presa en este poema de amor,
en lo más oscuro de una jaula.
¡Oh, tragedia! ¿Por qué llegaste a mí disfrazada de tormenta?
Te llevaste mi dulce y amado jardín.
Ahora ya entiendo lo que el gran poeta de mi pueblo quiso decir:
“Puedo escribir los versos más tristes esta noche,
pensar que no la tengo, sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella;
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”.
¡Oh, tragedia! ¿Por qué te llevaste mi amado jardín?
La tormenta invade, el cielo verde se desgarra,
las hojas caen y el río no se detiene.
¡Oh, no llores, mi amor! Nuestro amor se desgaja y muere,
atormentado y marchito, pero solo por un tiempo,
porque nuestro amor es perenne,
y algún día te veré volando como abeja
entre arbustos de mariposas y margaritas africanas.
A lo lejos, encontrarás mi orquídea de abejas
que conocerá tu aroma,
y tu boca trepará en mi boca
con fragancia de vainilla y sabor a miel en mi garganta.
El viento que azota mi alma,
y mi almendro que ha crecido en mi corazón,
deja caer su última semilla
en lo más profundo de mi mente,
como un canario en una mina
que me despierta en la orilla del río de mis lágrimas,
arrastrándome en el lodo.
Por el dolor de haberla perdido, mi alma se desangra,
cayendo a un pozo sin fondo de la nostalgia,
deseando, por lo menos, que me lleve la muerte.
¡Almendra de mi cabeza, por qué no te calmas!
Así me dejas tranquilo, llorando al recordarla.
Y finalmente,
levantando lentamente mi mirada,
extiendo mis ramas, como enredadera de mora,
entre espinas y frutos,
para alcanzar los pies del árbol de mi infancia,
que con sus redes de raíces
alcanza a atrapar mi hermosa alma,
y en sus brazos, moribundo, con lágrimas hirviendo
que queman de dolor mi corazón,
exclamando con voz doliente,
suavemente le pregunto:
¡Oh, Ceiba, Ceiba querido!
¿Por qué te llevaste mi amado y hermoso jardín,
si era tan solo yo el que tenía que partir?
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COPYRIGHT 2026
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Me asusto, y entonces mis ramas abren
las dos cortinas de mi corazón.
Las sábanas blancas con la humedad de mi jardín
también están oscuras, negras como el ollín.
Ya no aguantan más el peso del agua de mi tristeza,
y comienza a caer una lluvia de dolor sin final
que inunda las dos ventanas de mi alma,
ahogándome lentamente en esta melancolía.
Mi mente queda presa en este poema de amor,
en lo más oscuro de una jaula.
¡Oh, tragedia! ¿Por qué llegaste a mí disfrazada de tormenta?
Te llevaste mi dulce y amado jardín.
Ahora ya entiendo lo que el gran poeta de mi pueblo quiso decir:
“Puedo escribir los versos más tristes esta noche,
pensar que no la tengo, sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella;
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”.
¡Oh, tragedia! ¿Por qué te llevaste mi amado jardín?
La tormenta invade, el cielo verde se desgarra,
las hojas caen y el río no se detiene.
¡Oh, no llores, mi amor! Nuestro amor se desgaja y muere,
atormentado y marchito, pero solo por un tiempo,
porque nuestro amor es perenne,
y algún día te veré volando como abeja
entre arbustos de mariposas y margaritas africanas.
A lo lejos, encontrarás mi orquídea de abejas
que conocerá tu aroma,
y tu boca trepará en mi boca
con fragancia de vainilla y sabor a miel en mi garganta.
El viento que azota mi alma,
y mi almendro que ha crecido en mi corazón,
deja caer su última semilla
en lo más profundo de mi mente,
como un canario en una mina
que me despierta en la orilla del río de mis lágrimas,
arrastrándome en el lodo.
Por el dolor de haberla perdido, mi alma se desangra,
cayendo a un pozo sin fondo de la nostalgia,
deseando, por lo menos, que me lleve la muerte.
¡Almendra de mi cabeza, por qué no te calmas!
Así me dejas tranquilo, llorando al recordarla.
Y finalmente,
levantando lentamente mi mirada,
extiendo mis ramas, como enredadera de mora,
entre espinas y frutos,
para alcanzar los pies del árbol de mi infancia,
que con sus redes de raíces
alcanza a atrapar mi hermosa alma,
y en sus brazos, moribundo, con lágrimas hirviendo
que queman de dolor mi corazón,
exclamando con voz doliente,
suavemente le pregunto:
¡Oh, Ceiba, Ceiba querido!
¿Por qué te llevaste mi amado y hermoso jardín,
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