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Los territorios que viajan con nosotros

Por Flavia V Santillan
July 2026
Migrar no es solamente cambiar de lugar. Tampoco es únicamente un desplazamiento geográfico. Hay algo de la experiencia que se mueve con el cuerpo, pero también algo que queda suspendido, como si uno no terminara de ubicarse del todo en ningún territorio.

Se puede viajar con documentos, valijas y planes más o menos organizados. Pero hay otras cosas que no entran en las valijas: formas de hablar, maneras de nombrar lo cotidiano, referencias compartidas, gestos que parecían obvios y que, en otro contexto, dejan de serlo.

La distancia no se mide solamente en kilómetros. También se inscribe en la lengua, en los silencios, en la dificultad de traducir lo que antes se decía sin pensarlo. Aparece un desajuste entre lo que se quiere decir y lo que efectivamente puede decirse. En ese intervalo algo de la subjetividad se reorganiza.

Hay escenas que se repiten en muchos procesos migratorios: pequeños objetos o rituales que intentan sostener continuidad y también comunidad. Un mate preparado de cierta forma, una comida que se intenta replicar, una canción que vuelve, una llamada en un horario específico. No se trata de nostalgia en sentido simple, sino de la necesidad de construir puntos de anclaje en un contexto donde muchas referencias se vuelven inestables.

Estos rituales producen algo del orden de la continuidad psíquica: una forma de decir, silenciosamente, que no todo ha cambiado, que algunas cosas permanecen.

El mate, por ejemplo, no es solo una bebida, sino un ritual cotidiano de la cultura argentina. Cada vez que traduzco —“hot water with herbs and drunk with a straw”— aparece algo que no se termina de transmitir: no se trata solo de un objeto, sino una forma de vínculo, de espera y de conversación compartida. Se trata de un territorio portátil, una pequeña escena cultural que viaja con el cuerpo y sostiene cierta continuidad en la experiencia migrante.

Habitar otra lengua implica una transformación subjetiva. En ese movimiento entre lenguas, quien emigra no queda simplemente “entre dos culturas”, sino atravesado por una oscilación constante entre formas de pertenencia. Lo propio deja de ser estable, pero lo nuevo empieza a consolidarse: uno empieza a encontrar lugares, amistades, actividades que gustan en el nuevo país.

Migrar vuelve evidente que la identidad nunca fue completamente propia, sino algo que se arma en relación con otros. Uno se ve a sí mismo desde afuera. Tal vez por eso emociona escuchar a alguien hablar la propia lengua cuando estamos lejos de nuestro país.

Tal vez no se trata de si nos vamos o nos quedamos, sino de la posición desde la que habitamos lo que nos pasa. No hay migración en singular: hay migraciones, hay historias, hay recorridos múltiples.

En ese proceso no todo es pérdida. También aparecen nuevas modalidades de vínculo, de nombrarse y de ser nombrado. La identidad deja de ser fija y se vuelve una trama en movimiento. Incluso, a veces, migrar es la oportunidad de ser, decir, desenvolverse, vivir, de maneras que en el país de origen no eran posibles.

Quizás migrar no sea pasar de un territorio a otro, sino la coexistencia de varios territorios internos: algunos más estables, otros más frágiles, otros en construcción. En ese sentido, la pertenencia no es un punto de llegada. Es una construcción constante.

En ese recorrido, también se vuelve importante reconocer que migrar no implica empezar de cero: cada persona llega con una historia, con aprendizajes de su país y con modos de habitar el mundo que no se borran con el cambio de territorio. Puede resultar importante, a veces decisivo cuando la angustia por el duelo migratorio aparece, poder reconocer estos movimientos sin reducirlos únicamente a la pérdida: identificar los propios recursos, sostener los rituales cotidianos y armar vínculos en el nuevo país, como maneras de hacer más habitable la experiencia migratoria, sin necesidad de negar lo difícil que puede resultar ni intentando resolver rápidamente todo.

En muchos casos, es en el encuentro con otros, en los vínculos que se construyen, en experiencias compartidas, en el armado de una comunidad, donde algo de esa identidad puede seguir armándose y sosteniéndose en un contexto nuevo.

Quizás migrar sea aprender a habitar los territorios que viajan con nosotros.
 
*Flavia V. Santillán es psicóloga argentina, graduada en la Universidad Nacional de Tucumán. Con formación en psicoanálisis y estudios de género, reside en Upstate New York, donde continua reflexionando sobre las experiencias migratorias desde una perspectiva subjetiva y cultural.

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