Cultura y noticias hispanas del Valle del Hudson
Más americano que quién
Por Elisvanell Celis
February 2026 ¿Más estadounidense que quién? Raza, estatus e identidad nacional. Una discusión sobre pertenencia, jerarquías y la palabra “American”(estadounidense), como gentilicio en disputa, fue el tema del encuentro un jueves de diciembre en el auditorio del Reem-Kayden Center de Bard College con muchos estudiantes interesados en el debatido tema.
La ponente, Victoria Asbury-Kimmel (PhD), Profesora en New York University, abrió con el presente político: “La identidad americana es un sitio vivo de conflicto político”, y conectó el debate académico con frases que se escuchan en campañas y noticieros. Señaló cómo las figuras públicas empujan definiciones opuestas de ciudadanía: desde una visión de “sangre y suelo” hasta una idea de nación basada en libertades compartidas. No se trataba, insistió, de una discusión abstracta sobre inmigración, sino de algo más básico: “quién puede reclamar el país, y quién merece sus protecciones y recursos”.
Para Asbury-Kimmel, la identidad nacional no es un consenso, es una pelea simbólica. Y esa pelea se libra también puertas adentro, en cómo la gente común decide, con reglas propias, quién es “verdaderamente estadounidense”.
Para mostrarlo, Asbury-Kimmel presentó datos del Truly American Project (TRAP 2), una encuesta nacional en línea realizada en 2022 con 3mil personas: mil negras, mil latinas y mil asiáticas en los Estados Unidos, con ponderaciones para aproximar la representatividad nacional. Su diseño buscó comparar cómo distintos grupos construyen la “americanidad” como un criterio de estatus.
En el ejercicio, las personas participantes debían ordenar diez rasgos que suelen aparecer en debates sobre pertenencia: ciudadanía, haber nacido en los Estados Unidos, tiempo de residencia, “feeling American” (sentirse estadounidense), además de características como trabajo duro, respetar leyes e instituciones y pagar impuestos. También apareció un rasgo religioso: el cristianismo.
Dos coincidencias, contó la profesora, se repitieron entre los tres grupos: la ciudadanía estadounidense quedó como el rasgo más importante en promedio, y el cristianismo como el menos importante. Pero el resto fue divergencia: “no hay dos grupos que prioricen los rasgos de la misma manera”, explicó.
En promedio, las personas negras tendieron a elevar más la natividad (haber nacido en este país). Las personas latinas y asiáticas, en cambio, priorizaron otros rasgos como trabajo duro, respeto a la ley, pagar impuestos, y, en el caso de las personas asiáticas, también el “sentirse” estadounidense ganó peso relativo. Asbury-Kimmel propuso un marco para entender estas diferencias: lo llamó “identidad nacional motivada”, una teoría según la cual definir quién cuenta como “verdaderamente americano” no es neutral. Es una forma, consciente o no, de proteger la posición colectiva del grupo en una jerarquía nacional.
Además, la profesora mostró cómo las distintas definiciones de identidad estadounidense se conectan con la idea de quién ocupa qué lugar en la nación. La encuesta pidió que cada persona calificara cuán “estadounidense” es cada categoría racial (negros, latinos, asiáticos, blancos) en una escala del 1 a 7. Ahí apareció uno de los hallazgos que más preguntas disparó: cada grupo construye una jerarquía distinta, y ningún grupo se coloca a sí mismo al fondo.
Otra pregunta pidió leer el énfasis en natividad entre personas negras como una afirmación histórica de pertenencia. La respuesta fue afirmativa y casi autobiográfica, aunque hablaba de un “nosotros” colectivo: la idea de “hemos estado aquí” funciona como una frontera cuando otros criterios (como “trabajo duro” o “cumplir la ley”) han sido usados históricamente para deslegitimar.
Hacia el cierre, Asbury-Kimmel volvió al punto de partida: la identidad nacional no está detrás del conflicto político; muchas veces es su motor. En una época donde líderes públicos compiten por definir “lo americano”, su investigación sugiere que esa competencia prende porque activa reglas que ya existen en la vida cotidiana. Y si esas reglas son distintas entre grupos, construir coaliciones amplias se vuelve más difícil. No solo se debate política pública, también se debate quién tiene derecho a decir “aquí pertenezco”.
En Bard, la charla dejó una sensación rara. La palabra “American” puede sonar común, pero su significado, según quién la diga, y desde dónde, sigue estando en disputa.
*Y usted ¿qué opina? Escriba a [email protected] y ¡haga oír su voz!
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Para Asbury-Kimmel, la identidad nacional no es un consenso, es una pelea simbólica. Y esa pelea se libra también puertas adentro, en cómo la gente común decide, con reglas propias, quién es “verdaderamente estadounidense”.
Para mostrarlo, Asbury-Kimmel presentó datos del Truly American Project (TRAP 2), una encuesta nacional en línea realizada en 2022 con 3mil personas: mil negras, mil latinas y mil asiáticas en los Estados Unidos, con ponderaciones para aproximar la representatividad nacional. Su diseño buscó comparar cómo distintos grupos construyen la “americanidad” como un criterio de estatus.
En el ejercicio, las personas participantes debían ordenar diez rasgos que suelen aparecer en debates sobre pertenencia: ciudadanía, haber nacido en los Estados Unidos, tiempo de residencia, “feeling American” (sentirse estadounidense), además de características como trabajo duro, respetar leyes e instituciones y pagar impuestos. También apareció un rasgo religioso: el cristianismo.
Dos coincidencias, contó la profesora, se repitieron entre los tres grupos: la ciudadanía estadounidense quedó como el rasgo más importante en promedio, y el cristianismo como el menos importante. Pero el resto fue divergencia: “no hay dos grupos que prioricen los rasgos de la misma manera”, explicó.
En promedio, las personas negras tendieron a elevar más la natividad (haber nacido en este país). Las personas latinas y asiáticas, en cambio, priorizaron otros rasgos como trabajo duro, respeto a la ley, pagar impuestos, y, en el caso de las personas asiáticas, también el “sentirse” estadounidense ganó peso relativo. Asbury-Kimmel propuso un marco para entender estas diferencias: lo llamó “identidad nacional motivada”, una teoría según la cual definir quién cuenta como “verdaderamente americano” no es neutral. Es una forma, consciente o no, de proteger la posición colectiva del grupo en una jerarquía nacional.
Además, la profesora mostró cómo las distintas definiciones de identidad estadounidense se conectan con la idea de quién ocupa qué lugar en la nación. La encuesta pidió que cada persona calificara cuán “estadounidense” es cada categoría racial (negros, latinos, asiáticos, blancos) en una escala del 1 a 7. Ahí apareció uno de los hallazgos que más preguntas disparó: cada grupo construye una jerarquía distinta, y ningún grupo se coloca a sí mismo al fondo.
Otra pregunta pidió leer el énfasis en natividad entre personas negras como una afirmación histórica de pertenencia. La respuesta fue afirmativa y casi autobiográfica, aunque hablaba de un “nosotros” colectivo: la idea de “hemos estado aquí” funciona como una frontera cuando otros criterios (como “trabajo duro” o “cumplir la ley”) han sido usados históricamente para deslegitimar.
Hacia el cierre, Asbury-Kimmel volvió al punto de partida: la identidad nacional no está detrás del conflicto político; muchas veces es su motor. En una época donde líderes públicos compiten por definir “lo americano”, su investigación sugiere que esa competencia prende porque activa reglas que ya existen en la vida cotidiana. Y si esas reglas son distintas entre grupos, construir coaliciones amplias se vuelve más difícil. No solo se debate política pública, también se debate quién tiene derecho a decir “aquí pertenezco”.
En Bard, la charla dejó una sensación rara. La palabra “American” puede sonar común, pero su significado, según quién la diga, y desde dónde, sigue estando en disputa.
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